Facebook

lunes, 6 de julio de 2015

RADIOGRAFÍA DE MI BARRIO: "POBLACIÓN SANTA CLARA"

Con tremenda nostalgia y claridad, LUIS FLORES OLAVE, nos cuenta como se vivía en Cañete hace unas cuatros décadas atrás, describe su barrio, sus amigos, sus personajes, todos con ingeniosos apodos con los cuales los menciona, quizás porque nunca supo sus verdaderos nombres y apellidos. Entretenido y ameno relato, un verdadero "documental".

Siempre he dicho que las cosas suceden cuando tienen que ocurrir, nunca antes y nunca después, esto porque desde unos meses posteriores al terremoto del 21 de mayo de 1960 mis abuelos José Francisco Flores Neira y Hortensia del Carmen Arriagada Torres se trasladaron a vivir a la recién construida población “Pabellones de Santa Clara” que fue destinada a familias damnificadas por ese terrible acontecimiento que “remeció” la zona y hasta Valdivia.
 
Esta construcción habitacional es la base de toda la posterior urbanización de la zona norte de la ciudad ya que fue el primer sector que enajenó don Francisco Anguita.
 
En ese tiempo y no quiero equivocarme vivían, colindando con don Sótero Martinez, funcionario estadístico (junto a don Juanito Rebolledo) del Hospital San Esteban de Cañete Don Guillermo Alarcón y este a su vez colindaba con la familia encabezada por don Miguel Cisterna, ambos más conocidos con celebres sobrenombres que no voy a mencionar.
 
Esta parte de la historia, referida a las familias que llegaron hasta la recién inaugurada población la he contado en ocasiones anteriores por lo que no voy a repetirla; sólo indicar que en una ocasión recibimos la visita del propio Intendente Provincial, Claudio Huepe García, para ver como se mantenían las casas y por situaciones de la vida visitó la nuestra y que no pudo apreciar plenamente porque, cosa rara en la provincia de Arauco, se había cortado el suministro de energía eléctrica y no teníamos velas a mano por lo que utilizamos casi una caja de fósforos para que pudiera ver algo.
Todo este preámbulo para destacar que los años que viví allí resultan los más inolvidables de mi existencia, desde el ingreso a la Escuela Superior de Hombre Nº 1 en 1962 hasta mi alejamiento definitivo del sector tras el fallecimiento de mi abuela. Mi abuelo Francisco falleció años antes tras una dolencia cardíaca.
 
Los reencuentros
El caso es que hace unos días me encontré en el supermercado en la ciudad de Lebu con Miguel Cisterna, antiguo amigo de juegos y otras aventuras, recuerdo que muchas veces, este funcionario de carabineros en retiro, quería ir al río a disfrutar de una tarde de nado y alegría; sin embargo nosotros no estábamos de ánimo y nos motivaba indicando que había construido un trampolín en el sector que en ese tiempo llamábamos “Maule” (un poco más abajo del Chucao) y que desde allí se tiraría de zambullida.
 
El río Tucapel, en ese sector siempre ha sido de baja profundidad y nos costaba creerle; sin embargo se las ingeniaba para convencernos de que ello ocurriría y nosotros íbamos a nuestras casas a buscar trajes de baño, pedir permiso o simplemente salir escondidos para el río y ver esas maravillas que nos contaba realizaría.
 
A la llegada, de inmediato, nos dábamos cuenta que no había tal trampolín y al finalizar nuestra salida, también, que nunca se tiraría desde lo alto, porque el río solo estaba bordeado de débiles mimbres y el agua era poco profunda. Sin embargo, no podíamos quejarnos que la tarde había sido aburrida porque Miguel era y debe ser aún muy locuaz y entretenido en su forma de ser y conversar.
 
Nada fue aburrido
En realidad, los muchachos que crecimos en torno a la población Santa Clara, en general no tuvimos un crecimiento aburrido y lo conversábamos con Antonio Aguayo Venegas, durante el verano, con quien nos encontramos tras unos 34 años sin vernos ya que él se radicó en Santiago y sus alrededores y yo emigré a Curanilahue. Antonio o simplemente Toño, fue el más inseparable de mis amigos, tal como antes lo había sido René Cardoza. Su familia fue mi familia. Sus padres fueron verdaderos padres para mí. Especialmente la señora Mercedes a quien he visitado un par de veces.
 
Es maravilloso haber crecido un una época donde la inexistencia del internet, las redes sociales ni siquiera eran imaginable, los juegos electrónicos eran cosas de fantasías, la ausencia casi total de la televisión, y la presencia del cine municipal que nos aprisionaba cada matineé de domingo, la revistas llamadas hoy comics y su intercambio con amigos, la cercanía de los ríos, la maravillosa existencia de la naturaleza que con su voz silenciosa nos llamaba a adentrarnos en ella, la propia construcción de nuestros juguetes y los sueños respecto de ciudades, mundos y países que solo conocíamos por su mención en los libros del colegio y la biblioteca municipal donde nos atenía don Óscar Cáceres, con su inacabable paciencia, hacen que la actual era parezca fría e impersonal y que en el cenit de la comunicación todos parezcamos lejanos, distantes y ajenos a la realidad que nos rodea. Incluso, indiferentes.
 
Las reuniones sociales
Cada tarde, especialmente los fines de semana acostumbrábamos a reunirnos en la esquina del pasaje Dos, como lo señalaba un letrero puesto en la esquina “Pj 2” y que nosotros traducíamos como “Presidente Juanuco 2” en honor a don Juan Sánchez quien fuera presidente de la población un par de años y donde se realizaron variado adelantos con el trabajo voluntario de los propios vecinos, algo impensable en tiempos actuales. En ese lugar vivía un anciano muy malas pulgas de apellido Muñoz, que cuando aparecía en la puerta todos desaparecíamos.
 
Algunos de los insignes contertulios, Hueple, Lucho Pájaro o Zambao, Oveja, Miedo, Pelé, Moncho o Ratón Geo, los Calú, Chuchoca, Pat’e Fierro, el Pituco (nombre que le puso mi abuela) o Cuatro bolas como lo mencionamos un tiempo, ahhh y a propósito de eso también estaba Mario “Bola” que era un adulto ya; pero, que gustaba mucho de compartir con nosotros y los que no tenían apodos y que eran mencionados por sus apellidos, Zapata, Barrera, Navarro, Chico Aguayo ocasionalmente Hermosilla y por supuesto mi hermano Francisco que llegaba siempre a nuestras reuniones y una larga lista que en este momento recuerdo; pero no sus nombres o apodos.
 
Cada uno de ellos tenía un don o una característica especial que lo distinguía del resto, por ejemplo Hueple que en realidad se llama Deonel, era fanático por la pesca y no podía pasar mucho tiempo sin estar a las orillas de un río, estero o lago “tirando la lienza”, no es muy alto de estatura ni corpulento pero por nuestros años de juventud se dedicaba a la carga de camiones, labor en la que también participaba Oscar Zapata, ya fallecido. Este último fue un destacado futbolista de nuestro sector.
 
Lucho “Pájaro”, que no era muy asiduo a compartir con nosotros, gustaba de la caza con honda, afición que era compartida por todos los “lolos” de la población y que muchas tardes hacíamos caravanas para salir a los bosques aledaños a acechar a zorzales o cuanta ave se estacionara sobre una rama. No recuerdo haberle apuntado a alguna; pero no perdía salida. El padre de Lucho era un cazador, camaronero y pescador de río famoso por sus capturas los fines de semana, en lo laboral trabajaba en un aserradero. Lo de “Zambao” viene por su padre a quien llamaban “Zambo”.
 
“Oveja” cuando menor se caracterizaba por jugar eternas pichangas solo con niños pequeños del sector y por lo que nosotros siempre lo molestábamos; pero nunca desmayó en su empeño y estaba horas jugando él solo, frente a una veintena de pequeñuelos. Más tarde lo integramos al equipo del sector, como defensa central, con excelentes resultados y posteriormente integró la serie de honor del club deportivo juvenil, en el mismo puesto o de “cinco” (no quiero equivocarme), siendo una de sus características el dominio del balón. Ingresó a carabineros y nunca lo he vuelto a ver, aunque su familia reside en la misma dirección.
 
“Miedo” es actualmente uno de los mejores zapateros de la comuna histórica, labor que ha desempeñado desde su niñez en varios locales, por lo que me han contado, actualmente es independiente y tiene clientela de toda la zona. Si bien es cierto él no pertenece a la población, siempre estuvo en el grupo y allí recibió este sobrenombre, porque aunque siempre fue muy simpático como persona no era, a juicio del grupo, muy agraciado en sus rasgos. En todo caso un excelente amigo y eso es lo que se recuerda.
 
El más enigmático de todos fue el “Ratón Geo”, “Geo” o Moncho como también le decíamos. Gran amigo, buen conversador, poseedor de ideas extremas en los temas políticos y lucha social que desapareció, perseguido tras el Golpe Militar de 1973 y nunca supimos de su paradero ni siquiera si está vivo o forma parte de los desaparecidos del régimen. Algunos amigos dicen haberlo visto en la “Capital del Reino”. Lo más triste es que todavía hay una antigua ilusión que vive para recordarlo y preguntar si existen noticias de él a pesar que ya han pasado más de cuarenta años de ausencia.
 
Afuerino
“Pelé” llegó desde Contulmo tras contraer nupcias con una vecina nuestra, cantante, ella, por afición y una adelantada respecto a las modas femeninas. “Pelé” de profesión Paramédico (actualmente Técnico enfermería nivel superior, Tens), se integró, por su personalidad abierta y lo primero que le consultamos si jugaba fútbol, por lo que se transformó de inmediato en el lateral derecho del equipo del barrio (“Esfuerzo”) y aunque ya no reside en el sector se le recuerda con cariño.
 
Sin duda que los Hermanos “Calú” fueron los más carismáticos, buenos conversadores, planificadores y a veces faltos a la verdad cuando era necesario, donde llegaban ellos la tranquilidad dejaba de ser tal. Le daban vida al grupo y esa energía que a veces es tan importante. Rápidamente armaban cualquier cosa y encabezaban la acción. Me parece que Carlos fue el primero en emigrar a Santiago llevado por Toño Aguayo (a quien había llevado yo a mediados de 1980). Posteriormente se trasladaría el otro…no recuerdo su nombre. Solo uno sobrevive.
 
“Pat’e Fierro” y “El Pituco” son hermanos, el primero ingreso a Carabineros y le pusimos el sobrenombre porque cuando jugaba fútbol no era muy blando con los rivales, además pateaba “hediondo” como se decía por entonces, eran los tiempos cuando en el estadio Municipal el “Manco Barrera”, en los campeonatos vecinales, gritaba voz en cuello “cuiden la puerta, cuiden la puerta” o “acuéstenlo” cuando el rival se acercaba a la portería del club “Esfuerzo”. Pat’e Fierro, nunca volvió por la población, “El Pituco” como le decía mi abuela, trabajando en la Empresa Ingas, conoció a su esposa en la localidad de Los Ríos. Antes de eso fue pintor de brocha gorda y su trabajo lo hacía de un forma muy especial por eso recibió el apelativo de “Pituco”. Cuatro Bolas le pusimos (a escondidas) porque un día Oscar Zapata llegó con un vistoso gorro de lana que llevaba dos pompones en su parte superior, nuestro amigo para no ser menos le puso cuatro al suyo. Y listo el sobrenombre.
Mario “Bola” en realidad tenía un sobrenombre más soez, debido a una enfermedad testicular y que era muy notoria cuando caminaba, por supuesto que no le agradaba para nada ya que sabía que a sus espaldas el resto de mis amigos lo llamaban así (bueno, en realidad, todos lo llamábamos de esa forma). Claro que eso no era señal de rechazo nuestro, al contrario, lo apreciábamos mucho y fuera de esa tontera de sobrenombre le teníamos mucho respeto, especialmente yo, ya que su madre, su padre y un hermano suyo (con los que no tenía contacto) me habían acogido con cariño en su casa cuando yo apenas me empinaba sobre el suelo y si ello no ocurría me llamaban para regalarme verduras y frutas.
 
Recuerdos
Personajes e historias existen muchas, de éstas nadie se acuerda, seguramente solo los que añoramos nuestra etapa de juventud, especialmente por la unión de ideas, el compartir emociones, sensaciones y aventuras. Es bueno recordar cuando ya no estamos en épocas ni edades para experimentar con la vida y el mundo de los deberes y obligaciones nos tiene atrampados, como una gran telaraña en que va tejiendo nuestro caminar diario.
 
Es quizá por estas mismas situaciones que me alegra reencontrarme con aquellos con los que he transitado por los tiempos en que formábamos nuestra personalidad y aunque sea por unos minutos hablar de una época que aunque distante parece estar solo allí, al alcance la mano, cerca de la mirada o en el recodo del camino.
 
El Chucao
Es importante por ejemplo cuando salíamos durante el verano rumbo al “Chucao” y por entretención construíamos verdaderos túneles entre las quilas para llegar a los manzanos que cuidada don Guillermo Hermosilla, en realidad no había necesidad ya que las manzanas servían solo para chicha y muchas veces ni siquiera las comíamos; pero la necesidad de aventura nos llevaba a disfrutar arrancando de la andanada de piedra que el enfurecido celador del lugar nos enviaba. Más tarde conversábamos como si nada con su hijo o compartíamos el fútbol o nos saludábamos muy amablemente cuando nos encontrábamos. Jocosas tardes que aparecen nítidas en el recuerdo, aunque muchos protagonistas ya no están en esta vida. Seguramente las recordarán en la otra.
 
Hay dos personajes adultos que siempre me llamaron la atención: Don Guillermo Alarcón, conocido popularmente como “Melón” fue junto a “Catuto” uno de los primeros transportistas en carros con caballo y cuando ya dejó de ejercer esta labor su esfuerzo y preocupación se trasladó al juego de la rayuela. Fue el dirigente vitalicio de este deporte en el sector y gracias a él se mantenía en pie con su cancha que bordeaba, el entonces largo sitio de mi madrina Sara Ramírez, que vivía al lado de mi casa. Mi madrina fue un pilar importante para mi desarrollo.
 
Don Guillermo organizaba los partidos y obviamente él era titular insustituible en el tiro de 10 metros, siempre observábamos su juego ya que curiosamente a cada lanzamiento levantaba el pie derecho. Cuando las fuerzas disminuyeron y ya no llegaba al cajón en el tiro de 10 metros, entonces las competencias se realizaban comenzando desde 8 metros y obviamente él era titular desde esa distancia.
 
La otra persona singular era la Sra. “Empera”, tengo entendido que su nombre era Emperatriz, ella era discapacitada y acostumbraba a sentarse durante gran parte del día en la esquina del pasaje 1, justo frente a la casa de Don Guillermo o “Don Guille” y desde allí interrogaba o conversaba con cuanto parroquiano se aventurara por esa equina, tenía siempre temas, fluida de palabras, entretenida; pero, pobre de aquel que se atreviera a no detenerse a conversar con ella. El rosario era inolvidable. Por ello jamás intenté pasar sin detenerme allí un rato. Hoy es un buen recuerdo.
 
Podría contar muchas otras anécdotas de personas, hechos y lugares; de propio lo haré porque ya me he extendido bastante en la actual, y tiempo… creo que me queda bastante. Aunque por ahí dicen que la muerte camina “un metro, al lado izquierdo de uno”

No hay comentarios:

Publicar un comentario