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jueves, 15 de septiembre de 2016

Ramadas, 18 de septiembre, Cañete y mi padre

Resultan increíbles las imágenes que un determinado acontecimiento puede dejar en una persona; basta un pequeño estímulo para que estos vuelvan a ser evocados. A veces estos recuerdos son positivos y otras veces, simplemente, negativos. Da la suerte nuestra que el cerebro tiene la facultad para ir eliminando los que son negativos, liberándonos de una pesada carga.
Ramadas en Cañete 1960

Por eso, y aprovechando la fecha, quiero revivir algunas de esas imágenes.

Mi padre, Luis Ernesto Flores Arriagada, quien se ufanaba cada año de que el embanderamiento general de la ciudad, los desfiles, actividades y sobretodo ramadas eran en su honor ya que había nacido un 18 de septiembre y como tal, disfrutaba a concho su cumpleaños. En realidad la vida, de mi fallecido padre, fue un permanente celebrar dieciochero.

Decir que mi progenitor, tenía una vena artística innegable, tocaba la guitarra y cantaba en forma aceptable, según entiendo, ya que era requerido en muchas partes, especialmente en fiestas campesinas, cumpleaños y ramadas. No por algo, su madre (mi abuela Hortensia) era prima de Carlos Arriagada, padre de los integrantes del trió melódico más destacado de nuestro país en la década de los 50, grandes triunfadores, con éxitos en México, “Los Hermanos Arriagada” (aunque ellos siempre dijeron que eran de Concepción. Nacieron en Cañete y su madre era de Lebu, aunque existen algunos indicios que este hecho habría ocurrido en Antihuala o La Araucana).

El tema es que los recuerdos vienen por las Fiestas Patrias, es fácil evocar las ramadas ubicadas en el sector de la Loma de los Sánchez, tras la barraca Galilea, acceso a la ex población “Vergara” (actual Sargento Aguayo). Se ubicada allí una larga hilera de ramadas (ramadas de verdad o sea todas cubiertas de ramas de avellano como es la tradición) mucho aserrín, seguramente proporcionado por la misma barraca que estaba aledaña, unas pocas tablas en medio de la pista, no siempre muy bien clavadas y que daban el aire y el espacio para zapatear las mejores y más autóctonas cuecas.

De esas fiestas, recuerdo los dulces que mi madre me compraba y que compartía con mi hermano menor, Francisco, entonces debe ser por el 59 ya que a finales de los 60 me fui a vivir en casa de mi abuela. Pero, sin lugar a dudas lo que más recuerdo y ese es el motivo de la reflexión es ver a mi padre integrando un trio de guitarristas y cantantes en un improvisado escenario en una esquina de una ramadas y las parejas sacándole polvo a las tablas del piso de la ramada.

Lo interesante de este recuerdo son varias situaciones, por ejemplo lo improvisado del escenario que no era más que un triángulo de madera, ubicado como ya mencioné en una esquina de la ramada a una altura de un metro ochenta centímetros donde cabían apenas las tres sillas que usaban los cantores. Por supuesto que no había micrófono, guitarra acústica ni amplificación; solo la fuerza de las gargantas de los intérpretes. Sin embargo esta fuerza hacía que presurosas llegaran las parejas para zapatear de lo lindo, mientras mi padre y los otros cantores y guitarristas le sacaban lustre a las canciones.

Es imposible olvidar los pasos utilizados para florear nuestro baile nacional y que dista mucho de las difíciles coreografías que apreciamos actualmente en las parejas que compiten en los torneos de estudiantes y adultos. Sin embargo la autenticidad exhibida en esa época resultaba atractiva en un marco de público donde todos avivaban a las parejas.

Tal como lo indicaba mi amigo Victor Carrasco en el Facebook hace algunos años, las ramadas han ido cambiando de ubicación. A la distancia y en el tiempo han desaparecido varias cosas simpáticas, entre ellas mi padre, ya fallecido, cuya potente voz no remece los aires del sector llamando a los bailarines para que luzcan sus mejores destrezas en el baile nacional y para que coquetas parroquianas se hagan el rogar para saltar a la pista (aunque se mueran de ganas de hacerlo a la primera invitación). Tampoco está mi madre, que en esa época no sobrepasaba los 19 años y que acompañaba a mi padre en sus vicisitudes artísticas y no perdía el tiempo para zapatearse más de una cueca. Claro que “donde mis ojos te vean” porque mi padre era algo más que celoso.

Hoy las ramadas, en Cañete, y desde hace algunos años se han ido replegando hasta empotrarse en la “cancha empastada” (como se le llamaba hace algunos años) cerca de la desaparecida Escuela Granja y frente a la cancha de aviación, que en mi juventud era una distancia eterna para llegar al centro de la ciudad y donde mi abuelo me llevaba a buscar leña empujando una carretilla de dos ruedas.

Desde la distancia creo que las ramadas han perdido público e importancia (puedo estar equivocado); pero ya no están en la “Loma de los Sánchez”, tampoco en la cabecera norte del estadio municipal, tampoco en la Plaza Caupolicán, ni en la Medialuna, tampoco frente a la Escuela 3, entre otros lugares dentro del radio urbano. Por otra parte han desaparecido los cantores y sus guitarras “de palo” que fueron reemplazados en un comienzo por los equipos de amplificación de nuestro amigo Héctor Guerrero con Panchilla y sus Boys, luego por las orquestas y finalmente se han reducido a transformarse en lo que antiguamente se conoció como “mesas”, actualmente cocinerías habiendo solo “la ramada” en el lugar.

También ha cambiado la música, desde la cueca, cien por ciento, pasando por el folclor mexicano, las cumbias y seguramente la cumbia ranchera este año. Actualmente, no se puede pelear libremente el 18 de septiembre. Recordemos que hace unos 30 o 40 años (y más) todas las peleas para dirimir diferencias quedaban para esta fecha ya que mientras fuera a “puño limpio” no había problemas para darse unos “mangazos”. En esa fecha, Carabineros, miraba y sonreía. Nunca pasaba a mayores. Actualmente sería muy difícil.

Además de las ramadas tampoco es posible olvidar los desfiles, por ejemplo mi abuela Hortensia me contaba que era común en los años de la primaria (1910-1916) que las citaran muy temprano a la Escuela Superior de Niñas “Arturo Prat” y al cierre de la actividad les entregaran una colación consistente en sándwich y una “limonada” (esta bebida era de producción de una empresa local, situación curiosa ya que en la actualidad estamos dominados por los monstruos empresariales de este rubro y la industria local es incipiente).

En mis tiempos en la Escuela Leoncio Araneda Figueroa, muy bien peinados, zapatos brillantes y con los bolsillos llenos de cuetes, petardos, bombitas, viejas y una caja de fósforos u otros elementos nos daban un imborrable olor a pólvora y hacíamos de las nuestras en el patio, a la espera del desfile, dónde ningún estudiante podía faltar y lo hacíamos con orgullo tratando de sobresalir en el maremágnum humano que pasa frente a las autoridades.

En esos actos no podía faltar la presencia del profesor Aquiles Fuentes González, como maestro de ceremonia de cada desfile o 21 de mayo y de quien recibí clases de recitación y más de una “vitamina C” (como jocosamente le llama Francisco Flores en alguna de sus historias a la medicina que nos daban los antiguos profesores, hoy mis colegas). Siempre fui un admirador de la forma certera de su locución, de su voz profunda, entonación adecuada y que realzaba de manera inobjetable cada ceremonia. Más de una vez soñé realizar una actividad similar. La vida me ha dado esa satisfacción en varias oportunidades aunque no sé si con su misma calidad.

Inolvidables 18 de septiembre, de los que podría contar mil historia; pero que por hoy dejaré material y espacio para otra ocasión. Lo dicho es para hacer historia, seguramente habrá quienes quieran agregar y recordar otras cosas. Esta no es una crítica, alabanza, ni nada, es solo una mirada de viejo que sueña con tiempos pasados y que, es posible, hayan sido mejores en Fiestas Patrias.

Salud y Feliz 18.




Ramadas actuales de Cañete

Luis Flores Arriagada                                                                                                                                        


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