El día 16 de octubre, indica el calendario escolar, se celebra el Día del Profesor,
momento en que con nuestros colegas haremos un alto en la actividad
educacional diaria y nos olvidaremos por un rato de planes, programas,
planificaciones, toques de timbre, supervisiones del director, quejas de
la UTP, evaluaciones y saldremos hacia alguna parte a disfrutar de un
almuerzo, una cena o paseo.
Eso es hoy. Pero qué recuerdos, enseñanzas e imágenes dejaron en
nuestras vidas aquellos docentes que nos formaron. En lo personal, es lo
que pretendo recordar en estas líneas.
MI NIÑEZ
De inmediato, y tema que nunca había escuchado, mis vecinos, que eran
todos mayores, comenzaron a hablar de tareas, clases, profesores,
escuelas y recreos. Curiosamente está última fue la palabra que más me
gustó y comencé a pensar que se haría en ese tiempo. Imaginaciones que
todavía recuerdo y que distaban mucho de lo que en realidad eran.
El tránsito vehicular era ingresando por lo que hoy es Eduardo Frei,
que en ese tiempo se llamaba pomposamente “salida a Concepción”, hasta
Mariqueo con Uribe y desde allí al centro por esta última calle y
doblando por Villagrán para llegar al centro, la misma entrada y salida.
Claro, para cuatro vehículos que había la señalización no existía y
cada uno andaba por donde quería, hasta las aceras eran escasas, calle
Tucapel era un lodazal (aunque a mí me gustaba irme por allí y doblar en
Mariñan hasta Uribe).
INTERÉS POR LA ESCUELA
Bueno, el tema es que me comenzó a llamar la atención lo de la
escuela, por ese año, 1962, se ingresaba a primer año con siete años
cumplidos, como nací en octubre “ni a cañonazos” tenía la edad en el
momento que quería entrar a clases. Igual y ante la insistencia mía, mi
abuela Hortensia Arriagada Torres, conmina a mi padre a que vaya a
conversar a la escuela Leoncio Araneda Figueroa (la misma donde estudió
el Presidente Juan Antonio Rios Morales y también mi papá) y que en ese
tiempo era conocida con la “Escuela 1”, a ver si me dejaban ingresar con
menor edad.
Un día que no recuerdo, certificado de nacimiento en mano, nos las
enfilamos hacia el colegio. A mi padre no le gustaban los trámites ni
las oficinas, por lo que me hizo ingresar solo a la sala de matrículas y
yo con seis años a cuestas entablé el dialogo con un profesor y salí
matriculado.
Antes de eso, obviamente la consulta que me hacía durante el camino,
era ¿cómo y qué era la escuela? Todo quedó dilucidado al ver el
edificio, ese mismo que fue inaugurado en la década del 40 por el propio
Ríos Morales. Recordemos que la escuela de hombres anteriormente estuvo
en el sitio que actualmente ocupa la ex cárcel de Cañete, actualmente
el Departamento de Educación y Orquesta Sinfónica de Cañete.
INGRESO A LA ESCUELA
Está claro que con mis seis años ingreso a la sala de matrículas que
era la antigua sala de profesores, lado norte del acceso principal,
colindante con la oficina del Director, esa misma donde una vez me
llamara severamente la atención el director don Enrique Matamala
Gutiérrez, el mismo a quien realicé mi primera entrevista periodística
en un trabajo escolar en 1969 solicitado por la profesora Sara Martínez
Ramírez. Allí muestro mi papel de nacimiento y el profesor que
matriculaba me pregunta ¿Y qué edad tienes? – Yo presto y como se me
había aleccionado respondo que siete años (en realidad solo tenía seis)
¿Cómo se llama tu papá?, luego ¿Cómo se llama tu mamá? Y la última
pregunta ¿Con quién andas? A lo que respondo que con mi padre que estaba
afuera. Entonces, el docente, me indica que le diga a mi padre que debo
volver a clases los primeros días de marzo del año siguiente. Hasta el
día de hoy no me explico por qué no pidió la presencia de un mayor.
Sin duda que ese verano, todo fue diferente. Me devoraba el interés
de poder conversar lo mismo que mis vecinos más grandes. Posiblemente
caminar juntos a la escuela. Cosa que nunca sucedió ya que los más
grandes iban en la mañana y los pequeños lo hacíamos en la tarde. Por lo
tanto una vez iniciado el año escolar igual quedaba solo en la mañana y
en la tarde debía caminar a clases.
INICIO DE CLASES
No podía imaginarme que allí recién comenzaba la aventura, ese día
nuestro curso no tenía profesor definitivo por LO QUE nos correspondió
un par de semanas ser atendidos por la profesora Srta. Eliana Beltrán,
posteriormente el Sr Medrano y su violín y finalmente una profesora
recién llegada que luego de ser presentada dijo una frase inmortal “¡qué
curso más lindo, por esto le llamaré primer año A, que es la primera
letra del abecedario y las vocales!”, era Norma Cartes Cárdenas, quien
sería mi maestra durante cuatro años.
NORMA CARTES CÁRDENAS
Norma Cartes, tenía una interesante rutina de trabajo, donde se
mezclaba la ternura, la dureza y la eficiencia. Sin saber cómo nos
involucraba en el proceso y nos obligaba a estudiar. Diariamente, unos
15 minutos antes del cierre de la jornada de clases nos relataba,
invariablemente, un cuento. El problema para pesar nuestro era que solo
nos relataba una parte y al día siguiente continuaba y así durante
muchos días, hasta que el cuento no daba para más y debía ponerle fin y
cambiar a otro. Eso nos obligaba a no faltar a clases.
Hay que tener presente que en ese tiempo no había televisión,
escuchábamos dificultosamente “Fortachín, Florita y Valiente” a través
radio El Carbón de Lota y por la noche, algunos privilegiados La Tercera
Oreja, El Doctor Mortis o el Gran Radioteatro de la Historia.
Allí conocí diversos profesores, en cuarto muy a nuestro pesar nos
dejó la Srta. Norma y vinieron otros profesores como Aquiles Fuentes
González, quien en séptimo u octavo me guio en la lectura y recitación.
Fue mi ídolo durante muchos años tras esas impresionantes locuciones en
actos públicos y desfiles dieciocheros y que en Cañete aún no tienen
sucesor. Claro está que me dio con la “pedagogía oculta” cuando no podía
reverdecer los laureles en rendimiento que, personalmente, traía de la
profesora anterior.
Sin duda que el profesor Fuentes, fue para mí un aporte en lectura.
Por aquellos años nació su hijo mayor, según recuerdo; entonces nos
pareció curioso y llamativo su nombre, Jean Carlos.
Entre lo anecdótico con el Sr. Fuentes, estuvo que: nosotros siempre
llegábamos con los zapatos llenos de barro; por lo que una vez trajo una
escobilla de lavar ropa, nos llevó al patio y metiendo su zapato en uno
de los cuatro pilones que allí había lo restregó con el implemento.
Posteriormente tuvimos que hacerlo nosotros. Desde entonces disminuyó el
barro en la sala. Lo otro fue su particular estilo de letra, que hoy
sería cursiva, imprenta.
Posteriormente a don Aquiles, tuvimos una profesora Amanda Quiroga,
de la que todos mis compañeros estaban enamorados. Por aquellos años y
cuando todos pensábamos en emigrar al Liceo de Hombres, vino la reforma
educacional de Eduardo Frei Montalva, que extendía la Educación Primaria
a séptimo y octavo y se pasaba a llamar Educación Básica, allí
conocimos a varios profesores más.
EDUCACIÓN BÁSICA
Esta etapa es bastante interesante, porque ya no éramos tan niños,
las sensaciones y las emociones eran diferentes, además que
alternaríamos con varios profesores dejando atrás esa sensación de
pertenencia y paternidad que aún existe en primer ciclo. No recuerdo
todos los docentes de esa época; pero, no puedo dejar de recordar a
Valentín Rocha Molina, que dejó una huella imborrable por la forma en
que enfocaba la historia, creo que nunca me esmeré tanto en estudiar y
realizar mis trabajos. Agradecimientos que aparecían intensos en los
años que me correspondió impartir esta misma asignatura en la escuela
Pablo Neruda de Curanilahue.
Imborrables los recuerdos de Luis Faúndez Roa, que además de ser un
empedernido revolucionario (tema que nunca tocó en la sala de clases)
nos extasiaba con su poesía (exactamente un matemático poeta).
LUIS FAÚNDEZ ROA
Traía sus clases en pequeños rectángulos de cartón en el interior de
su billetera y que sacaba apenas llegaba, nunca nos llenó el pizarrón de
ejercicios; parte de su tiempo era dedicado a hablar de poesía.
Recuerdo una frase muy suya: “Anoche soné que estaba despierto, y cuando
desperté, resulta que estaba durmiendo” o cuando escribió un poema de
amor con nombre de mujer, diferente al de su esposa, y explicó que esa
obra ella “nunca la conocería”. Lamentablemente las circunstancias
políticas se lo llevaron y le perdí la huella por cuarenta años. Hoy
entiendo que reside por el sector de San Fernando, donde he visto en las
noticias que, seguramente ya jubilado, sigue cultivando apasionadamente
su lado poético y de escritor en diversas muestra literarias donde ha
sido premiado.
RAÚL DURAN FIERRO
Sin dudas que una pérdida para nosotros, temporalmente fue don Raúl
Durán Fierro, profesor jefe, cuando se nos informó que ya no impartiría
más clases regulares pues se iba a estudiar para “Orientador”, creo que
fue el primero en la comuna. Interesantes clases de Ciencias Naturales,
recuerdo con insistencia sus experimentos con un líquido llamado
“Lugol”. Algunos creativos del curso llegaron a llamarlo así. (Por
supuesto que yo no). Curiosamente había sido profesor de mis primos
Humberto y Carlos Flores.
Capítulo aparte merece la profesora de Castellano Sara Martínez
Ramírez, interesantes y motivadoras clases, más aún cuando me nomina en
un grupo de alumnos que eran candidatos a la competencia comunal de
recitación en la Semana del Niño el año 1969, donde finalmente quedo
seleccionado, participo y gano el comunal, teniendo como premio mayor,
recitar el poema en la radio Millaray que pocas semanas antes se había
instalado en la ciudad y era el boom del momento, allí el locutor
capitalino Ángel Sepúlveda que dijo que tenía buena voz y podría tener
futuro en la radio (la verdad es que estaba equivocado); pero, me marcó
para siempre el destino, todo por un poema dado por mi profesora. Hasta
hoy ha sido muy difícil separarme de las comunicaciones.
Creo que el poema recitado, que solo era una fragmento, marcó mi
vida, primera las comunicaciones radiales en las que no fui un
triunfador; pero me sirvieron para mostrarme a los demás, progresar en
la vida, poder salir del anonimato y de esa pobreza franciscana que
tenía mi familia
Es así, los profesores dejan recuerdos imborrables. Aparecen nítidos
siempre: Hipólito Palacios que me hizo clases muy pocas veces; pero,
debí seguir sus instrucciones pre desfile donde “levante la cabeza”
“izquierda, tan tan, izquierda, tan tan, izquierda, izquierda izquierda”
y otras frases eran sus instrucciones.
Manlio Navarrete que me visitó una vez en Curanilahue por temas
periodísticos y que junto a Palacios llevó el movimiento scout a niveles
muy altos, nunca me hizo clases.
BLANCA CARRILLO
Blanca Carrillo y las matemáticas. Me resulta innegable que con ella
aprendí todos los secretos de la teoría de conjuntos que por esa época
recién se comenzaba a usar en básica. Su aporte me acompaña hasta el día
de hoy, a pesar de no ser un gran amigo de los secretos pitagóricos.
Tenía un carisma increíble para llegar a nosotros.
Recuerdo como “si fuera hoy” la llegada a la escuela Nº 1 de Miyo
Silva, ex concejal y ex director de la escuela de Cayucupil y quien
fuera mi profesor jefe en el Instituto Comercial. Gran jugador de fútbol
del club Juventud Unida. Inolvidable para mi esa ocasión; porque uno de
mis compañeros de curso, bastante pasadito de confianza y que lo
conocía de fuera de la escuela se le acerca y muy familiarmente lo tira
de la chaqueta y le dice “Hola Miyo”. Esa época, donde a los profesores
se les hablaba de un metro de distancia y con la mirada hacia el suelo,
entenderán ustedes cual fue la reacción de mi colega. Nosotros nos
reímos para calladito con mis compañeros. Ese estudiante se fue a
Santiago y nunca más hemos sabido de él, se llama igual que yo: Luis.
Claro mi colega Silva, tiene un pecado, no nos acompañó en nuestro
paseo final de curso, cuando estábamos en el Instituto Comercial. Se
salvó, ese día llovió torrencialmente en Playa Blanca en el lago
Lanalhue.
GREGORIO MONEDERO
Clases de religión nos hacía el párroco Gregorio Monedero, un español
que llegó a Cañete y nunca más volvió a salir, solo una vez fue a
España y al regreso dijo que ya no le quedaban parientes y se olvidó de
su tierra natal. Había un compañero que le jugaba bromas muy especiales,
como le gustaba usar una boina, éste se la llenaba de tiza molida y
cuando el sacerdote se colocaba su implemento, la cabeza y el rostro le
quedaban llenos de tiza blanca. Risa general y enojo del cura. Ese
compañero de curso es, actualmente, una importante autoridad en una
comuna minera.
Entre lo anecdótico y que comprendí cincuenta años más tarde, fue el
primer reencuentro de compañeros de curso de nuestro amigo, hoy radicado
en Brasil, Eduardo Sáez Maldonado y Don Raúl Durán. Nosotros, en la
formación, nos mirábamos con cara de signo de interrogación cuando de
pronto a la hora del ingreso se instala un grupo de adultos a la
izquierda de todos los alumnos (la formación venía ascendiendo por
cursos en esa dirección o sea el primero estaba a la derecha). Sube don
Raúl al escenario y comienza a pasar lista; los adultos decían presente a
medida que los mencionaban. Después de eso, pasaron a “su” sala y
nosotros a las nuestras. Hoy entiendo cuál era el motivo.
A todo esto, muy pocas veces pude participar en conversaciones y
juegos con mis vecinos mayores ya que nunca coincidimos en las jornadas,
ya que la JEC no existía. Pero, compartíamos jugando al trompo en esas
interminable “saca troyas”, “los tres hoyitos”, “al clavo”,
“montoncito”, las mujeres por su parte, jugaban “al lazo”, “la payaya”,
“la casineta”, “el luche”, “la ronda” y cuando mejor lo pasábamos era
cuando todos, hombres y mujeres, jugábamos a la escondida o al paco
pillo. Como éramos pocos, costaba jugar fútbol.
En todo ese tiempo la población fue creciendo a los pabellones Santa
Clara, en el gobierno de Eduardo Frei, se instaló la población del mismo
nombre con sus dos pasajes, hoy quedan pocos habitantes originales en
ella. También apareció la Ignacio Hurtado, formada por trabajadores de
esa empresa que construían el camino hacia Contulmo y fueron
desapareciendo nuestros sitios de juegos, hasta hoy en que la población
pronto llegará a la, entonces, lejana Escuela Granja.
Recuerdos todos estos que me llegan al acercarse el Día del Profesor,
momento en que quisiera recordarlos a todos, ya que cual más cual menos
me entregó alguna herramienta para el crecimiento de mi vida, que en
alguna etapa fue tortuosa y sin destino; pero que merced a ellos he
logrado levantarme.
INSTITUTO COMERCIAL
En el Instituto Comercial y el Liceo, en mi etapa juvenil, también
hubo buenos aportes, desde Alicia Campos Fernández, la Directora del
Instituto que hace algunos años me dijo que se alegraba mucho que fuera
profesor, porque de esa forma pagaba lo que la había hecho sufrir a
ella. Recordando mis tiempos de dirigente estudiantil con muchas tomas
de colegio y huelgas. En realidad en la época estaba de moda. Ana María
Fierro, sin duda que fue muy exigente conmigo y siempre me pedía
esfuerzos superiores a los demás y que en ese momento no entendí; sin
embargo la vida me ha encargado agradecer. Me tenía confianza.
También está Victoria “Toyita” Correa Díaz, quien me entregó
interesantes herramientas en Redacción Comercial y Dactilografía, además
de tener una didáctica muy especial para enseñar a pesar de no tener,
en ese tiempo, formación pedagógica; y que conoció tanto mi estilo de
escribir que varios años después le hice un trabajo a un alumno del
mismo colegio y la “Toyita”, al momento de revisarlo le dijo, “este
trabajo lo hizo Luis Flores”. Eso era conocer sus alumnos. Entiendo que
posteriormente se tituló de profesora de Ciencias Naturales. Don Homero
Carrasco, me enseñó contabilidad y aunque nunca me titulé de contador,
me ha servido en la vida. Claro que cuando requiero de temas contables,
recurro siempre a uno egresado de ese Instituto.
El 1972 comienzo a entender que debo apartar un poco mis ojos de
libros, tareas y luchas estudiantiles, para ver otras realidades entre
ellas el amor. Una mirada celeste y un cabello amarillo llaman mi
atención, aunque la ilusión duró menos que un rayo de luz en tormenta de
invierno y de nuevo a la realidad.
El Instituto Comercial, inexistente en la actualidad, fue creado por
don José de la Cruz Miranda y funcionaba a pocos metros de donde está el
Terminal Jota Ewert, entregó muchos profesionales de alto nivel a la
administración pública. Mi abuela me matriculó allí por dos aspectos,
deseaba que su nieto fuera oficinista y mi tío Domingo, era el auxiliar
del colegio.
En 1970 nos trasladamos al actual edificio del Liceo y ocupamos el
primer pabellón y una sala del segundo piso del segundo pabellón. Allí
estudié hasta tercer año medio, especialidad Contadores. El 1973 viajé a
Angol a seguir estudios, internado, abandonando ambos ese mismo año sin
cristalizar el sueño de mi abuela Hortensia. Como castigo me mandaron a
trabajar de obrero en la Empresa Ingas que construía el camino Los
Álamos – Lebu.
En 1974, tras la poco entretenida experiencia en el terreno laboral
ingreso al Liceo de Hombres de Cañete, donde aparece nítido el recuerdo
de mi profesora jefa y de Idioma, Eliana Oñate Cabrera, me sorprendió,
porque a pesar que solo compartimos un año y no vernos desde ese mismo
1974, tiene claros recuerdos del curso y de cada uno de nosotros si
hasta me envió fotos mías de la licenciatura y desde ese momento
mantenemos contacto esporádico a través de Facebook.
HOY
Ahora (lunes 02 de octubre) en estoy repasando esta historia ocupo el
cargo de Director de la Escuela José Ulloa Fierro en la comuna de Los
Álamos y obviamente pensando junto a los colegas del establecimiento que
haremos para la celebración de nuestro día, el próximo 16 de octubre.
En esta ocasión y siempre, en la que no puedo dejar de recordar a
quienes aportaron a mi formación como persona; esa misma persona que en
su juventud tuvo vivencias terribles producto de la inexperiencia. Tras
35 años en la actividad educacional, primero como Asistente de la
Educación, posteriormente como Docente de aula titulado en la
Universidad Arturo Prat en 2012 como Directivo en la Escuela San José de
Colico en Curanilahue y actualmente en la Escuela José Ulloa Fierro en
la comuna de Los Álamos, tras participar en un Concurso de alta
dirección pública no puedo dejar de reconocer que ninguna profesión, más
que el profesor, es capaz de dejar una huella imborrable en la vida del
ser humano, por lo que resulta innegable que “un profesor trabaja para
la eternidad: nadie puede predecir dónde acabará su influencia” y lo
digo yo, que muchas veces me vi haciendo clases como Norma Cartes
Cárdenas, mi profesora de primaria, como Valentín Rocha o enseñando a
leer y recitar como lo hizo Aquiles Fuentes.
Felicidades colegas y a seguir trabajando aunque ya sabemos que ni
los hombres ni la historia lo reconocerán. Solo algunas de las almas y
conciencias formadas.
A seguir trabajando, que en el futuro podremos ver el patio de nuestro establecimiento adornado con nuestras estatuas.
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