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martes, 14 de junio de 2016

HACÍA TIEMPO QUE NO SALÍA DE COMPRAS...Y



Hacía tiempo que no salía de compras por Cañete, así es que me puse generoso, revisé mis bolsillos, conté mis ahorros, saqué cuentas y decidí darme una vuelta por las tiendas, “mercerías” y “despachos” de la ciudad. Siempre se ha dicho que comprar es una buena terapia, aunque recuerdo que mis abuelos y padres lo hacían para que nosotros no tuviéramos hambre o no pasáramos frío.

El día estaba un poco frio y por las calles caminaba poca gente, la mayoría lo hacía enfundado en gruesas ropas, gorros de variadas formas y llamativos colores. No tuve la ocasión de saludar a nadie, porque nadie miraba para poder hacerlo y los más se desplazaban mirando una de sus manos y con los dedos de la otra realizaban un extraño ritual como dando golpecitos en ella. Otros reían solos, hacían muecas extrañas y me llamaron la atención varios que pasaron hablando solos.

 Entré en la primera tienda, tenía amplios ventanales, la ropa estaba colgada. Qué raro, me dije, no hay mostrador. Antes, siempre que iba a comprar donde los Jana, que tenían varias tiendas, Hermosilla o Aguayo, uno se paraba frente al mostrador y llegaba el dependiente y preguntaba que quería. Era extraño pero todo estaba allí, como al alcance de la mano.

Después de deambular un rato por el local, un poco complicado le dije a una persona que llevaba un uniforme:

-         -  Sabe, busco una colcha, porque hace mucho frío y quiero abrigarme un poco durante la noche.

La persona que me atendía me quedó mirando un rato. Como estudiándome. Movió la cabeza de izquierda a derecha y viceversa y pensativamente me respondió que no tenía eso en aquella tienda.

No me quedó más que creerle; pero me parecía extraño ya que estábamos en invierno y era como ilógico haber olvidado una prenda tan importe. Lo curioso es que me sucedió lo mismo en cada uno de los locales que visité, que en la ciudad no eran muchos. Tenía que hacerme a la realidad, nadie había traído colchas.

Como soy bastante insistente fui a una de las más lejanas y reiteré mi pedido. Debo reconocer que como en el anterior recibí la misma insistente, escrutadora y casi grosera mirada; pero la misma cortes respuesta. No había. Insistí. Entonces el dependiente me dijo:

- Señor, disculpe; pero no sé lo que es una colcha.

Ahí la cara de suspenso la puse yo. Cómo no saber lo que es una colcha, qué clase de trabajadores contratan en una tienda. Si no saben eso qué pasa con los demás productos. Una simple colcha.
Entonces con gran paciencia expliqué lo que necesitaba. Una amplia sonrisa iluminó el rostro del trabajador y me contestó que eso, él, los conocía como cobertores y que tenía muchos en gran variedad de precios, calidad y colores.

Después de comprar uno de esos que llaman cobertor, que no era lo que esperaba ya que el mío era de seda azul con bordados dorados y unos largos flecos de ese mismo color, me fui a casa.

Entonces comencé a darme cuenta que durante el tiempo que no había salido de compras algo había cambiado. Busqué erráticamente un par de Pecos Bill, exactamente “pecos viles” como los que acostumbraba a vestir y que llevara la carterita para la peineta “Pantera” al costado derecho de la pierna y que servía para arreglar, cada cierto tiempo, ese jopo rocanrolero que llevaba mi cabello y que resultaba tan atractivo para las mujeres.

Fue curioso darme cuenta que en ninguna parte había casacas de cuero ni tampoco pantalones “patas de elefante” muy ajustados, como esos celestes que me acompañaron tanto tiempo con la camisa floreada amarrada a la cintura y el pecho descubierto mostrado que era verdaderamente un macho “pelo en pecho”. Los cinturones me resultaron delgados y ninguno tenía una gran hebilla metálica que brillara al contacto con la luz solar.  

Lo que sí no quería era pasar por la “barbería” y que por casualidad tocara mis cabellos muy largos que se mecían al viento sobre la moto o para sacarlos por la ventana en la citrola o dentro de la Kombi, la mítica furgoneta hippie en que viajamos por tantos lados, llena de motivos que aludían a la paz y al amor libre. 

Salir de compras no es una terapia como se dice y menos una entretención, más que nada es un lío porque nadie entiende lo que uno quiere; por ejemplo, el problema que se me produjo por los zapatos. No había botines con tacones “tipo argentino”, que hiciera juego con los “pata de elefante” y fue totalmente ineficiente mi búsqueda de algún modelo que tuviera plataforma. No quiero recordar las miradas inquisidoras y muchas veces burlonas que recibí. Claro, me dije, eso me pasa por querer ser rebelde y mantenerme a la moda. Siempre la juventud es rechazada por la sociedad.

También pensé en “cacharpearme”, por lo que decidí darme a la tarea de buscar una camisa “wash and wear” que en español es algo así como “lava y pon” o sea, no hay que plancharla, siempre me han gustado mucho por esa particularidad. Obviamente no me gusta planchar. Recuerdo que hasta en Concepción busqué. Y nada. Qué pasa con los negocios, ya no traen nada a gusto de los clientes. Todo está mal. Tampoco encontré “zapatos de charol”, ni con “medialunas” en el taco.

En esta salida de compras esperaba llevar de todo para la casa; pero,  lo estaba pasando mal y como había caminado tanto y estaba un poco transpirado decidí comprar desodorante, el que siempre me ha gustado: “Dolly Pen” en barra. Ya sentía en mi nariz,  esa novedosa mezcla de su aroma entre perfume y alcohol y el dolorcito en el “sobaco” al pasarlo por allí.

Aunque respecto del desodorante, después comencé a usar “Ego” ese que cambiará tu vida, como decía la publicidad. Para variar me fue imposible encontrar, ni Dolly Pen ni Ego.

 A esa hora ya sentía un terrible dolor de cabeza, porque nada de lo que quería comprar había las tiendas, mercerías y almacenes del pueblo. Para calmar la enfermedad se me ocurrió comprar un Geniol, un simple Geniol ese mismo que en su publicidad mostraba la cabeza de una persona atravesada por un “alfiler de gancho”. Me quedé con la enfermedad, porque tampoco encontré “Alivioles” ni “Mejorales” ni siquiera una “Criogenina Linier”, aunque algunas “Obleas chinas”, pero esas son para el resfriado.

Demás está decir que no se me ocurrió preguntar si había “Si Café”, de la fábrica Tres Montes y por el cual la señora Dina recorrió el mundo en 80 días, hojas de afeitar Gillette de las rojas, tallarines sueltos, aceite en tambor, o simplemente tomarme una “Pilsen” para apagar un poco la sed mientras jugaba al yo-yo. Por cada producto que preguntaba veía una sonrisa burlona en el rostro de quienes atendían. Aunque siempre amables. Me da la impresión que estoy pasando por “pánfilo”.

De pronto me renacieron unas tremendas ganas de fumar, hacía tiempo que había dejado de hacerlo, recordaba aún esos cigarros fabricados con tabaco “Ánfora” que daban un tremendo aroma  mientras su humo se deslizaba por mi garganta.

Ahora existen cigarrillos de fábrica por lo que no había que estar haciéndolos. Desilusión. No encontré ni Premiere, esos con boquilla ambré ni Opera y tampoco Ideal, de los Liberty ni que hablar, los Monza, ausentes totales o esos que fumabamos en las salitreras como: La Belleza, Americanos, Garibaldi, Vencedores, El Negro, Especiales Joutard, La Favorita, Cigarros Faro, El Buen Roto, Ganga, La Llapa, Compadre, Populares, Napoleón o bien Los Jockey Club y el Derby, en paquetes de 14 cigarrillos. Cuyanito  o los Mapocho, los Tacna, el Monarch, la Flor de la Cabaña y el Cairo, nada de eso.

Frente a esta falencia de productos en el comercio local, se me viene a la memoria que podría ir a Concepción a comprar ya que he escuchado en radio Almirante Latorre CC-82 de la frecuencia AM o el Carbón de Lota AM,  que en la tienda “Donde golpea el monito” hay de todo y los precios son muy ventajosos. Así es que voy a averiguar a que hora salen para allá las “góndolas” de los Benitez, o me voy hasta Curanilahue en algún camión que me lleve y desde allí tomo el tren y en unas cuatro o cinco horas estoy atravesando el Bío Bio.

Cansado, me senté en un banco de la plaza de armas, quería tomarme una foto, miré hacia el sector del kiosco y me dí cuenta que no estaba allí don Timoteo Salazar, con su cámara de cajón y su infaltable sillón de mimbre. Otra opción era el fotógrafo Moreno; pero estaba demasiado lejos, aunque podría, de haberlo traido, pasado con mi sombrero de huaso, por la sombrerería de Valderrama, la misma que estaba frente a la pensión El Coloso.

Como el tiempo estaba un poco helado, pensé que podría pasar por la Botica Viveros, esa misma donde me compraban “aceite de bacalao”, para que me hiciera un tónico para la tos, el mismo que tomaba cuando niño y que llamaban “poción” y que don Paulino, preparaba con su propia receta y así no “cotiparme”. Claro está que no pude encontrar la botica y nadie sabía donde estaba. No era día para compras. Mal, muy mal todo y eso que no hacía tanto tiempo que no salía a recorrer  tiendas y almacenes.

Me aburrí de tratar de tratar de comprar cosas, mejor voy a “conchavar” algunas con los conocidos y me ahorro todas estas desiluciones porque nada de lo que quiero está en el comercio. Si para un hombre es dificil comprar cómo será para una mujer cuando busca polleras, enaguas, calzones, sostenes, perfumes como “Flor de espino”, zapatos taco aguja y falda lápiz, crema Lanobell (con lanolina) o Pond, esa que usan nueve de cada 10 estrellas, polvos Harem o la mujer mapuche cuando necesita “Carmín” o “Solimán” para su belleza.

Mejor me pongo mi “paletó” y la “charlina”, me voy al “biografo”, allí debe haber programado algo de Libertad Lamarque, Tin Tan, Tarzán, Antonio Aguilar u otro éxito del momento y me preparo para tener el fin de semana la mejor “Grapa” con una deliciosa Free Cola y hacerme el convidado a cualquier “malón”.

De compras no quiero saber nada más, guardaré las “chauchas” ya que volví con la “pilgua” vacía.

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